Históricamente, las revoluciones políticas han venido a
partir de la necesidad de un sector o varios de una población de progresar en
su trabajo, en sus vidas, en su bienestar.
Partiendo de esta premisa, parece bastante claro que siempre
las revoluciones se hayan creado en las capas más bajas de la sociedad: los
campesinos, los primeros trabajadores de la industria en el siglo XIX, los
jóvenes pidiendo cambios políticos que se adecúen a las nuevas generaciones,
etc.
Mi reflexión parte de este último caso: los jóvenes. Quizá
un análisis frívolo del comportamiento de la juventud actual nos lleve a pensar
que la falta de “movilismo” se debe a una actitud pasiva ante la vida política
de nuestro país. Sin embargo, esto nada tiene que ver con la realidad.
Analicemos cómo ha sido la vida de mi generación hasta el
momento en el que estamos: nos criamos en un momento de constante cambio social
y crecimiento, en el asentamiento de una democracia en la que los derechos
sociales nos hacían más iguales unos a otros. No distinguíamos en el colegio
entre aquellos que procedían de familias con más o menos poder adquisitivo.
Veíamos cómo podíamos ser en un futuro lo que quisiéramos porque nuestros
padres se estaban dejando la piel trabajando para que fuera posible.
Pasaban los años y el estatus social crecía, ya no
progresivamente, sino casi de forma exponencial y comprobábamos cómo nuestros
compañeros se dejaban el instituto para irse a trabajar y casi inmediatamente
tenían total independencia económica. Los que queríamos estudiar los
envidiábamos y pensábamos que en algún momento nosotros también lo
conseguiríamos.
Sin embargo, nada más terminar nuestros estudios, llegó la
crisis: nuestros antiguos compañeros del instituto se quedaban en paro y los que
queríamos acceder al mercado laboral con la ilusión de quien acaba de titularse
en aquello por lo que tanto ha luchado, nos encontramos con un muro.
Casi seis años después, nos encontramos en una situación de
alerta social, pero no se aprecia ese “espíritu revolucionario” en el conjunto
de la juventud. Y no creáis que eso se debe a que todavía no tenemos
necesidades imprescindibles, sino a una falta de ilusión por un proyecto que
nos anime a luchar por él y a la figura de un líder que nos hierva la sangre
para pasar por donde haga falta para conseguirlo.
Está claro que ninguna persona que no esté viviendo “en sus
propias carnes” lo que vivimos la mayoría de los españoles, no puede aspirar a
representar nuestro sentir, por mucho que lo comprenda. Es imposible sentirse
liderados por personas a las que aparentemente, no les mueve el interés
general, sino el suyo propio. Ese es el problema.
¿La solución? La regeneración. La regeneración no de ideas,
porque las ideas surgen ante las necesidades y esas necesidades ya las
sentimos. La regeneración de las personas, de los representantes, de la manera
de concebir la política. Y no hablo de juventud, que también, sino de dar la
oportunidad a personas que están en política luchando en la sombra y los que
están en la primera línea, pasen a una segunda. Para todo en esta vida hay un
tiempo y su tiempo está agotado. Es la hora de transgredir, de hacer
vanguardia, de dejar de calentar la silla y ser valientes. Es la hora de
liderar a una nueva generación. Mi generación.

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