domingo, 23 de febrero de 2014

Revolución y generación

Históricamente, las revoluciones políticas han venido a partir de la necesidad de un sector o varios de una población de progresar en su trabajo, en sus vidas, en su bienestar.

Partiendo de esta premisa, parece bastante claro que siempre las revoluciones se hayan creado en las capas más bajas de la sociedad: los campesinos, los primeros trabajadores de la industria en el siglo XIX, los jóvenes pidiendo cambios políticos que se adecúen a las nuevas generaciones, etc.

Mi reflexión parte de este último caso: los jóvenes. Quizá un análisis frívolo del comportamiento de la juventud actual nos lleve a pensar que la falta de “movilismo” se debe a una actitud pasiva ante la vida política de nuestro país. Sin embargo, esto nada tiene que ver con la realidad.

Analicemos cómo ha sido la vida de mi generación hasta el momento en el que estamos: nos criamos en un momento de constante cambio social y crecimiento, en el asentamiento de una democracia en la que los derechos sociales nos hacían más iguales unos a otros. No distinguíamos en el colegio entre aquellos que procedían de familias con más o menos poder adquisitivo. Veíamos cómo podíamos ser en un futuro lo que quisiéramos porque nuestros padres se estaban dejando la piel trabajando para que fuera posible.

Pasaban los años y el estatus social crecía, ya no progresivamente, sino casi de forma exponencial y comprobábamos cómo nuestros compañeros se dejaban el instituto para irse a trabajar y casi inmediatamente tenían total independencia económica. Los que queríamos estudiar los envidiábamos y pensábamos que en algún momento nosotros también lo conseguiríamos.

Sin embargo, nada más terminar nuestros estudios, llegó la crisis: nuestros antiguos compañeros del instituto se quedaban en paro y los que queríamos acceder al mercado laboral con la ilusión de quien acaba de titularse en aquello por lo que tanto ha luchado, nos encontramos con un muro.

Casi seis años después, nos encontramos en una situación de alerta social, pero no se aprecia ese “espíritu revolucionario” en el conjunto de la juventud. Y no creáis que eso se debe a que todavía no tenemos necesidades imprescindibles, sino a una falta de ilusión por un proyecto que nos anime a luchar por él y a la figura de un líder que nos hierva la sangre para pasar por donde haga falta para conseguirlo.

Está claro que ninguna persona que no esté viviendo “en sus propias carnes” lo que vivimos la mayoría de los españoles, no puede aspirar a representar nuestro sentir, por mucho que lo comprenda. Es imposible sentirse liderados por personas a las que aparentemente, no les mueve el interés general, sino el suyo propio. Ese es el problema.

¿La solución? La regeneración. La regeneración no de ideas, porque las ideas surgen ante las necesidades y esas necesidades ya las sentimos. La regeneración de las personas, de los representantes, de la manera de concebir la política. Y no hablo de juventud, que también, sino de dar la oportunidad a personas que están en política luchando en la sombra y los que están en la primera línea, pasen a una segunda. Para todo en esta vida hay un tiempo y su tiempo está agotado. Es la hora de transgredir, de hacer vanguardia, de dejar de calentar la silla y ser valientes. Es la hora de liderar a una nueva generación. Mi generación.

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